El día que España se hizo inmortal

Saitama, septiembre de 2006

En la historia del deporte español, hay fechas grabadas a fuego. Momentos que trascienden el resultado, que se convierten en símbolos de una época y en el reflejo de la ambición de un país. El 3 de septiembre de 2006, en el Saitama Super Arena de Japón, España conquistó el Campeonato del Mundo de Baloncesto por primera vez. Fue una gesta inimaginable años atrás, el punto de inflexión de una generación de jugadores talentosos que venía avisando y la confirmación del gen competitivo que hoy define a nuestro baloncesto. Pero para entender la magnitud de aquel triunfo, es necesario rebobinar hasta la víspera, hasta una de las semifinales más épicas que se recuerdan.

La selección española de 2006 no era un equipo cualquiera. Era una constelación de estrellas, liderada por un joven Pau Gasol que ya dominaba la NBA y que arrastraba consigo a una banda de talentos que parecían tocar con la misma partitura. Estaba Juan Carlos Navarro, `La Bomba’, con su desparpajo y su muñeca letal. Estaba José Manuel Calderón, el cerebro en la pista. Estaban Jorge Garbajosa, Carlos Jiménez, Felipe Reyes, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez… Un equipo plagado de personalidades, pero cohesionado bajo una misma bandera y una misma filosofía.

El arquitecto de ese sueño fue José Vicente ‘Pepu’ Hernández. Su nombramiento como seleccionador nacional, en 2005, había sido acogido con cierto escepticismo. Su currículum, aunque sólido en clubes como el Estudiantes, carecía de la experiencia internacional de otros candidatos. Sin embargo, Pepu llegó con una idea clara: no se trataba solo de ganar, sino de construir un equipo. Su filosofía se basaba en la confianza, la libertad y el compañerismo. Quería que sus jugadores se divirtieran en la pista, que jugaran sin ataduras, que se sintieran parte de una familia. Y lo consiguió. En cada rueda de prensa, en cada entrenamiento, Pepu destilaba una calma y una convicción que calaron hondo en sus pupilos. Su famosa frase, “Baloncesto, baloncesto, baloncesto”, se convirtió en el lema de aquel verano, un mantra que simplificaba la esencia de lo que estaban haciendo.

El camino hasta la semifinal no fue sencillo, pero sí contundente. España arrasó en la fase de grupos, superando a rivales de la talla de Angola, Nueva Zelanda, Panamá, Japón y Alemania, con un Dirk Nowitzki ya en plenitud. En octavos de final, eliminaron a Serbia y Montenegro. En cuartos, a Lituania. La máquina de Pepu funcionaba a pleno rendimiento, y el mundo empezaba a tomar nota. Pero la verdadera prueba de fuego esperaba en las semifinales, el 1 de septiembre, en un choque de trenes contra Argentina.

La selección albiceleste era un titán. Era la vigente campeona olímpica, con una generación de oro que incluía a jugadores de la talla de Manu Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni, Fabricio Oberto y Walter Herrmann. Era un equipo con un gen competitivo forjado en mil batallas, con una química inigualable y con la espina clavada de no haber podido conquistar el título mundial en su propio país en 2002. El partido no era solo una semifinal; era una revancha, un duelo generacional, un enfrentamiento de estilos.

El encuentro fue un monumento al baloncesto. Desde el primer minuto, ambos equipos se entregaron en cuerpo y alma. Argentina, con su intensidad defensiva y su velocidad en el contraataque, intentaba romper el ritmo español. España, con su juego interior dominado por Gasol y su acierto exterior, respondía golpe a golpe. El partido se mantuvo en un puño, con constantes alternancias en el marcador, con un nivel de tensión que apenas dejaba respirar al espectador.

Pero entonces, en el tramo final del partido, ocurrió lo impensable. En una caída fortuita, Pau Gasol se lesionó el tobillo izquierdo. El pívot español se quedó tendido en la pista, con gestos de dolor, y tuvo que ser retirado. La imagen fue un jarro de agua fría. Era el final del torneo para el líder, el alma del equipo, el motor de la selección. El público español, pegado al televisor, se temió lo peor. Sin su estrella, ¿sería capaz este equipo de aguantar el envite de Argentina?

Fue en ese momento de adversidad donde la dirección de Pepu Hernández y la mentalidad de la «ÑBA» brillaron con luz propia. El entrenador reunió a sus jugadores en el banquillo y les dirigió unas palabras que pasaron a la historia. Les dijo que no era el momento de lamentarse, que tenían que «jugar, jugar, jugar», y que la ausencia de Pau debía ser un aliciente para que cada uno de ellos diera un paso adelante. No les pidió un milagro, les pidió que fueran ellos mismos, que confiaran en su talento y en el trabajo de todo un verano. La respuesta de los jugadores fue inmediata y brutal.

Sin Gasol en la cancha, el equipo se transformó. José Manuel Calderón asumió el liderazgo en la dirección de juego. Jorge Garbajosa se hizo gigante en la pintura, anotando puntos clave y reboteando como un poseso. Felipe Reyes aportó su garra, su intensidad y su instinto depredador. Y, sobre todo, emergió la figura de Juan Carlos Navarro, «La Bomba», que se puso el traje de líder anotador y, con sus penetraciones y sus triples, desbordó a la defensa argentina. El equipo jugó con una rabia y una determinación que no se les había visto hasta entonces.

La prórroga fue la confirmación de la gesta. España, con la moral por las nubes, mantuvo a raya a una Argentina que, pese a sus esfuerzos, ya no podía romper la resiliencia española. El pitido final desató la euforia. Los jugadores españoles, abrazándose en el centro de la pista, sabían que habían hecho historia. Habían ganado no solo a un gran rival, sino a la adversidad, a la incertidumbre y al miedo a fallar. La imagen de los jugadores con sus camisetas negras, celebrando como si hubieran ganado la final, se convirtió en el icono de aquella semifinal.

El 3 de septiembre, apenas 48 horas después de la épica semifinal, España se enfrentó a Grecia en la gran final. Sin Pau Gasol en el banquillo, pero con el espíritu de equipo más fuerte que nunca, los pupilos de Pepu Hernández no dieron opción a su rival. Fue un monólogo español, un baile de baloncesto que dejó sin respuesta a los griegos. España venció por 70 a 47, proclamándose Campeona del Mundo por primera vez en su historia.

Aquel triunfo fue mucho más que un título. Fue el nacimiento de una leyenda, la confirmación de una generación de oro que, en los años siguientes, conquistaría dos oros europeos y dos platas olímpicas. Fue la prueba de que el talento sin trabajo no sirve de nada, y que la confianza de un entrenador en sus jugadores puede ser el motor de un equipo.

El Mundial de 2006 fue un punto de inflexión. Puso al baloncesto español en la cima del mundo, elevó la popularidad de este deporte en nuestro país y demostró que, con la dirección correcta y un equipo comprometido, no hay reto imposible. La gesta de Saitama, la dirección de Pepu Hernández y la inolvidable semifinal contra Argentina no son solo recuerdos de un torneo; son la base sobre la que se construyó una de las épocas más gloriosas del deporte español. Fue el día que España se hizo inmortal. Y en el corazón de aquella gesta, siempre estará la imagen de un equipo que, sin su líder, se hizo más grande que nunca. Porque como bien nos enseñó Pepu, a veces, la adversidad es el mejor acicate para la gloria. Y en 2006, España lo demostró al mundo entero.

 

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