Andrés Montes: el comentario deportivo como arte

Sus narraciones marcaron a toda una generación aficionada al baloncesto

Sábado, 17 de febrero de 2024 en Málaga. Es la víspera de las semifinales de la Copa ACB y estamos desayunando Roberto, Challen y un servidor. Comentamos la peculiar forma que tienen los malagueños de llamar a los desayunos: pitufos, vienas, ‘un mitá’, un sombra… Empiezo a pensar que eso los hace diferentes y, prácticamente, únicos en Andalucía gracias su forma de ‘narrar’ los desayunos. Terminamos y salgo a correr un rato por el paseo marítimo haciendo exactamente el mismo recorrido que hacía cuando vivía en Málaga. Por el camino, toda la ciudad respira baloncesto y empiezo a pensar si fue Andrés Montes quien decidió cambiar todos los nombres de cafés y tostadas en Málaga, tal y como hacía con sus motes durante las retransmisiones a altas horas de la madrugada.

Estamos en la Copa, en Málaga y con la mente puesta en el nacimiento, tardío pero no por ello menos feliz, de Sonreír es de Jugones. Lista de temas, de posibles artículos, de alguna frikada que otra, pero no se nos ocurre una mejor manera que dar el título de hijo primogénito a un texto sobre Andrés Montes, quien, de alguna manera, nos ha inspirado a lo largo de los años. Es curioso como tras tantísimos jugadores, y muy buenos, quien más te marque sea un narrador. Intentaré explicar por qué.

El verdadero decodificador


Dice el poeta Luis Alberto de Cuenca que, de manera irremediable, cuando te gusta un escritor también eres aficionado acérrimo de su traductor, tiene sentido. Asimismo, la actriz Sigourney Weaver al recoger su Premio Goya Internacional quiso agradecer a María Luisa Solá, su dobladora: “debería estar aquí junto a mí”, aseguró la flamante intérprete. Algo parecido nos pasa a las personas que somos aficionadas al deporte con nuestros narradores y comentaristas, no meten triples o cogen un rebote, pero hacen que te mantengas conectado al televisor y no te quedes jedío a las 2.45 de la mañana durante el descanso, esto, a mí personalmente, solo me ha pasado con Andrés Montes. Me interesaban los descansos de un partido NBA porque no era una retransmisión de basket al uso, su dupla con Antoni Daimiel era más un programa de cultura, filosofía, cine, música o crónica rosa. Si a esto le sumas que eran divertidísimos, que se compenetraban a la perfección y que, además, eran muy buenos narrando y comentando baloncesto, la experiencia era casi mística. Un día contaré la de películas y canciones que he descubierto gracias a ver baloncesto a las tantas de la madrugada. Montes era, en una época en la que para tu cumpleaños o reyes te pedías el Canal Plus, el verdadero decodificador.

Un legado inmortal

Experimento una sensación agridulce cada vez que mi corazón anhela regresar a aquellos días dorados de mi niñez y mi adolescencia, sabiendo que es una empresa imposible, una fantasía efímera.

Cierro los ojos y puedo sentir esa sensación de estar en casa, en absoluto silencio, saltando del sofá con Allen Iverson y sabiendo que al día siguiente Morfeo me visitaría en el colegio.

En el vasto universo de la narración deportiva, hay voces que trascienden los límites de lo convencional, que no solo informan, sino que también inspiran, emocionan y encarnan la pasión por el juego. En el reino del baloncesto, pocos han capturado la magia de la cancha con la misma elocuencia y fervor que el locutor de las gafas, los tirantes y la pajarita.

No fue simplemente un comentarista; fue un narrador que pintó con palabras la emoción del baloncesto. Con su estilo único, mezclando un conocimiento profundo del juego con un humor ingenioso y una pasión desbordante, transformó cada partido en un espectáculo inolvidable.

Sus frases icónicas se convirtieron en parte del léxico del baloncesto español. Desde el inolvidable «¡Qué manera de vivir!» hasta el inimitable «¡La vida puede ser maravillosa!», Montes trajo un brillo singular a cada transmisión. Sus metáforas creativas y su habilidad para capturar la esencia del momento lo elevaron a la categoría de leyenda.

Pero más allá de sus habilidades técnicas, tenía un don especial para conectar con la audiencia. Su entusiasmo era contagioso, su energía era palpable a través de la pantalla. No importaba si eras un fanático acérrimo del baloncesto o simplemente alguien que sintonizaba por casualidad; Montes te atrapaba con su pasión y te llevaba de viaje a través de cada partido.

Y aunque el bueno de Andrés ya no esté físicamente presente en las transmisiones, su legado perdura en cada canasta y en cada jugada espectacular. Su influencia se extiende más allá de las fronteras del deporte, recordándonos que la verdadera grandeza reside en la capacidad de tocar el corazón de las personas.


En un mundo inundado de comentarios deportivos monótonos y predecibles, la voz de Montes sigue resonando como un faro de creatividad y emoción. Su pasión por el juego trascendió las barreras del tiempo y el espacio, convirtiéndolo en un ícono eterno del baloncesto y un tesoro nacional.

Así que la próxima vez que sintonices un partido de baloncesto y escuches la narración, tómate un momento para recordar al hombre que elevó el arte de comentar a nuevas alturas. Porque en el mundo de Andrés Montes, la vida siempre fue y siempre será maravillosa.

Fue un placer viajar contigo cada madrugada, ¡jugón!

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